Mentoring, aprender a vivir en “pausa y planifica” para obtener mejores resultados en la vida.

Acompañar el desarrollo de otras personas requiere conocer y entender que nuestro cerebro tiene dos caminos o vías de funcionamiento, que han recibido diferentes nombres:

– la vía rápida, sistema inferior o vía caliente, cuyas respuestas suelen ser automáticas e inconscientes.

-la vía lenta, sistema superior o vía fría, cuyas respuestas son deliberadas, conscientemente elegidas y decididas

Cuando está en juego nuestra supervivencia física que el sistema rápido tome el control puede marcar la diferencia entre seguir vivo o morir, pero cuando hablamos de nuestra realización, el desarrollo del potencial y la felicidad será mejor que dicho sistema sea dirigido por las vías superiores. La razón es que el sistema rápido funciona en modo lucha-huida-congelación y el sistema lento en modo “pausa y planifica”.

Ambos están presentes en las personas y ambos son necesarios para nuestra vida: el sistema rápido suele ocuparse de nuestra supervivencia;  el sistema más lento es muy necesario para el logro de las metas y nuestra felicidad. El mentoring se centra más en promover la utilización de la vía superior como guía de la inferior, fortaleciendo, principalmente, las denominadas funciones ejecutivas.

Podemos ver nuestro cerebro como una fábrica dedicada a producir pensamientos, ideas y decisiones. Para ello se nutre de unos inputs, que son la información, en forma de estímulos diversos, y utiliza unos procesos productivos, que son los procesos cognitivos, para producir un output: una acción, en forma de lenguaje, gesto, movimiento o comportamiento. Utilizamos los procesos cognitivos para fabricar respuestas con las que intervenir en el contexto y lograr el resultado deseado. 

Estos procesos cognitivos, entrelazan en su devenir la vía lenta y rápida, y son, entre otros, el proceso emocional, el proceso motivacional, la percepción, los procesos sensitivos, la atención, el procesamiento de la información, automático y elaborado, la memoria, el pensamiento (inducir, deducir, abstraer, generalizar, genera hipótesis, analizar), el aprendizaje, el lenguaje, la creatividad y las denominadas funciones ejecutivas, asociadas a la formulación de objetivos, organización, planificación, toma de decisiones y autorregulación. 

Es imposible comprender la conducta humana sin conocer como el cerebro procesa la información recogida por la experiencia, y cómo se emplea el conocimiento adquirido y creado a partir de ello en la producción de respuestas y la guía de nuestro comportamiento. De como nuestra mente utiliza la información, cuál selecciona y cuál no, qué hace con ella, que reglas o heurísticos emplea para llegar a conclusiones, depende en gran medida las decisiones que tomamos, las acciones que ejecutamos y nuestros resultados. 

Veamos un ejemplo de cómo influye el uso de la información en la conformación de las expectativas de eficacia y resultado y, por tanto, en nuestras decisiones y resultados: imaginemos una persona que lleva impartiendo con éxito cursos sobre gestión emocional para adolescentes de entre 14 y 18 años en poblaciones de menos de 50.000 habitantes en España, en entornos socioeconómicos bajos. Puede tener unas expectativas de resultado y eficacia altas a tenor de la información citada. Ahora bien, si la utiliza como referencia para sus expectativas futuras en relación con la impartición de cursos de gestión emocional para directivos/as de multinacionales en Chile en ciudades de más de 1 millón de habitantes y entorno socioeconómicos altos igual no es lo más adecuado. 

Aunque la actividad sea la misma, los contextos donde se va a llevar a cabo son muy diferentes, el perfil de los destinatarios también, con lo cual también los serán sus expectativas sobre gestión emocional. Si no manejamos toda esta información adecuadamente nuestras conclusiones pueden no ser adecuadas y las respuestas derivadas de ellas poco acordes con la situación. Para hacerlo bien es imprescindible el concurso de la vía lenta o fría, pues en caso contrario la rápida tomará atajos, sacará conclusiones anticipadas y actuará sin tener en cuenta que los contextos son diferentes.  

Todos los procesos cognitivos pueden ser guiados de forma consciente utilizando nuestras funciones ejecutivas o bien ser más inconscientes si la vía rápida toma el control. La diferencia será el tipo de respuesta producida: una reacción automática, en el caso de la vía rápida, y una acción deliberadamente elegida, en el caso de las funciones ejecutivas o vía lenta.

Ambos tipos de funcionamiento conviven en nosotros, ambos tipos de respuestas son propias del ser humano y cada una de ellas tiene su razón de ser. Lo que no podemos desconocer es que, si bien, las respuestas automáticas son muy útiles en algunas ocasiones, la complejidad del mundo cada vez requiere más respuestas deliberadas. 

El mentoring está destinado a entrenar la facultad de producir decisiones deliberadas y conductas autorreguladas, que conforman nuestra  capacidad de dirigirnos a nosotros mismos. Pero no obvia que nuestras respuestas automáticas tienden a imponerse a las autorreguladas en los casos de estrés, alta emocionalidad negativa, baja energía o desmotivación, cansancio y presión externa. Por eso también se ocupa de entender este proceso automático, identificar las situaciones en las que suele tomar el control e idear estrategias para poder gestionarlo adecuadamente. 

El mecanismo automático funciona en la siguiente forma que se refleja en la imagen.

 

A partir de uno o varios estímulos se genera una información o input dentro de la persona (a nivel inconsciente) que conecta con sus motivos intrínsecos y activa una emoción que da lugar a un impulso y una respuesta inmediata (acción) que produce un resultado. Este siempre es un feedback, lo que ocurre es que a veces al ser inconsciente no nos percatamos de él, pero puede grabarse igualmente en la memoria, especialmente, si la emoción asociada al mismo nos ha afectado con cierta intensidad. Si en el pasado algún perro se me encaró y me mordió, cada vez que vea uno sentiré miedo y lo evitaré instintivamente, aunque el que tenga delante sea inofensivo. 

Cuando el feedback es consciente, la persona reflexiona sobre el resultado, en cuanto a satisfacción, idoneidad y significado y su relación con las acciones que lo han producido. En base a esta evaluación se puede decidir, conscientemente, repetir la misma acción si ha tenido efecto positivo o no repetirla si ha ocurrido lo contrario, y buscar otras alternativas de comportamiento para obtener mejores resultados en el futuro. 

Cuando operamos a nivel automático es bastante probable que la información utilizada para responder provenga de nuestros instintos, necesidades y valores inconscientemente. En estos casos esos motivos se convierten involuntariamente en objetivos o metas inconscientes. Si mi necesidad de afecto me impulsa inconscientemente a buscar compañía, puedo acabar estando con otras personas de manera indiscriminada con tal de no estar solo, aunque algunas de ellas no aportan nada a mi vida, me perjudican o me traen problemas. 

Sí soy consciente de todo ello puedo pararme a pensar en que tipo de personas me hacen sentir bien y cuáles no o cuando una relación comienza a ser tóxica o poco enriquecedora y decidir con quien estoy, hasta dónde, cómo y hasta cuándo. Una necesidad de afecto inconsciente puede convertir en meta cualquier compañía y relación. Si es consciente elijo de forma delibera con quien entablar y mantener relaciones y amistad y en qué términos.  En el proceso automático no hay un cortafuegos que haga de filtro entre el impulso y la respuesta, que es la diferencia esencial con respecto al autorregulado. 

Asimismo, el feedback que se obtiene en el primero es, en la mayoría de los casos, inconsciente, lo mismo que el aprendizaje. El proceso cognitivo subyacente es a nivel básico, sin intervención de las llamadas funciones ejecutivas, propias del proceso autorregulado. De la necesidad surge el impulso y de éste la acción-meta, nuestro cerebro utiliza los atajos de la vía rápida y cálida. 

 

El mecanismo autorregulado funciona en la siguiente forma que se refleja en la imagen.

 

A partir de uno o varios estímulos se genera una información o input dentro de la persona (puede ser a nivel consciente y/o inconsciente) que conecta con sus motivos intrínsecos y activa una emoción que da lugar a un impulso, que se percibe a nivel consciente y se inhibe, es decir, no se traslada a una respuesta inmediata. Este control inhibitorio lo realizan las áreas cerebrales implicadas en las funciones ejecutivas, entre las que se encuentra la voluntad o capacidad autorregulatoria. El freno al impulso da lugar a un proceso mental de elaboración cognitiva de los motivos para transformarlos en una meta (meta-motivo).

A partir de aquí se identifican posibles caminos para lograrla y se organizan en torno a un proyecto o plan de acción. Cada acción ejecutada sería una respuesta y cada una de ellas producirá un resultado que funcionará como feedback de todo el proceso. La meta actúa de barrera para el impulso, como meta-motivo integrador de los diversos motivos activados en la situación, de criterio evaluador de resultados y como guía de la acción. Recuperando en ejemplo, antes citado, sobre la necesidad de afecto: en el funcionamiento autorregulado la voluntad no ayudará a frenar el impulso de iniciar o mantener cualquier relación para pasar a considerar antes la conveniencia o no de hacerlo, en base a nuestro estándar ideal de cómo deben ser para proporcionar bienestar mutuo. 

Lógicamente en cada situación y a cada momento la persona se ve sometida a estímulos diversos que desencadenan emociones e impulsos, que pueden interrumpir el proceso de acción en curso e iniciar otro de forma totalmente inconsciente. Algo que ocurre con frecuencia con el teléfono móvil, pues cada vez que suena detiene, aunque solo sea unos segundos, o algunos más de los que creemos, lo que estamos haciendo, y sin pensar lo cogemos y respondemos. En estos casos no frenamos el impulso que provoca el nuevo estímulo que acaba de irrumpir en nuestra vida. 

La autorregulación implica ser capaz de poner en cuarentena ese impulso: ante la llamada entrante o el sonido del mensaje del WhatsApp decidimos no prestarle atención; o hacerlo, pero seguir con lo que estamos haciendo; o mirar rápidamente quién es y sopesar si es más importante que lo que estamos ejecutando y si la llamada puede esperar a ser contestada cuando acabe la tarea en curso. Este sería un ejemplo de canalización de un proceso inicialmente inconsciente (impulso de contestar la llamada) hacia uno autorregulado. En él el papel de la voluntad ejerciendo el control a través de la imposición de la meta más importante es imprescindible. Esta última actúa de filtro y criterio para tomar decisiones sobre seguir el impulso o dejarlo pasar.  

 

¿De qué depende que nuestra vida esté presidida por procesos automáticos o autorregulados? Probablemente la respuesta a este interrogante sea una de las claves del éxito en la vida. Como señala Victoria Cadarso (2016) un cerebro estresado no tiene voluntad. El estrés anula nuestra capacidad autorregulatoria. 

Cuando estamos cansados, irritables, frustrados, irascibles, tristes, desmotivados o muy presionados, la vía rápida y caliente toma el control y no deja actuar a las funciones ejecutivas, con lo que se imponen las respuestas automáticas. Cuánto más presentes estén estas circunstancias en nuestro día a día, menor será nuestro nivel de consciencia y nuestra voluntad motivada no podrá entrar a ejercer su papel autorregulador tomando las riendas de nuestras acciones. En su lugar seremos dirigidos inconscientemente por una república independiente de motivos. 

 

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.