Hace ya unos años escribí un libro sobre la felicidad, y en él contaba que consistía en saber satisfacer de forma armónica los tres grandes deseos que tiene el ser humano:

  • Disfrutar y pasarlo bien.
  • Tener relaciones estimulantes y satisfactorias, lo que implica sentir en las mismas gratitud, reconocimiento y cariño.
  • Sentir que somos significantes y útiles, que progresamos en nuestro camino y que aportamos, que tiene que ver con la necesidad de autonomía y competencia.

La felicidad sigue siendo un tema de gran interés y lo será hasta el fin de los tiempos, porque desde siempre para el ser humano ser feliz es uno de los fines de su existencia. Por ello, más recientemente, en otro artículo de este blog escribía acerca de la relación entre felicidad y metas personales, porque realmente creo que una parte muy importante del éxito de ser felices tiene que ver con las metas que nos proponemos y alcanzamos. Cuándo logramos lo que queremos experimentamos orgullo, alegría, una cierta paz y otra serie de emociones positivas que nos hacen sentirnos satisfechos. Si esta experiencia es bastante habitual en nuestra vida seguramente nos sintamos felices. Y esto sería una felicidad directa, en el sentido de directamente proporcional a las metas logradas, a esas metas personales que son importantes para nosotros.

Ahora bien, no me gustaría centrar la felicidad únicamente en una satisfacción personal, en la autorrealización, en lo individual, pues la felicidad, como la existencia, también tienen una dimensión transcendente. Es en esa dimensión donde nos inspiramos, nos expandimos, nos elevamos y aflora toda nuestra grandeza, porque es a través de ella que «actuamos para», para algo que está más allá de nosotros, que extiende sus efectos más allá de nosotros. Por ello, hoy quiero hablarte de otra cara de la felicidad: la felicidad indirecta y, para ello, quiero utilizar la historia y el ejemplo de los sherpas, los guías del Himalaya,

Sin los sherpas muy pocas personas escalarían el Everest, su intervención es vital para quienes se aventuran a la conquista de la más grandiosa de las cimas de los 8000. Ellos son la  avanzadilla en las expediciones a la gran montaña, recorren el camino antes que sus clientes para conocer su estado y asegurar la escalada, son los encargados de abrir nuevas rutas, montar las tiendas, llevar la cocina, la comida, el botiquín médico, las cosas de los clientes, todo lo necesario para facilitarles el ascenso. Y también les ayudan en las situaciones más complicadas y peligrosas. El sentido del propósito de su trabajo es tan grande que incluso cuando sus clientes deciden seguir la escalada en contra de su criterio y a riesgo de su vida, les siguen acompañando y no les abandonan, porque entienden que su trabajo es guiar y ayudar al cliente a coronar la cima.

Un mismo sherpa ha podido encumbrar el Everest muchas veces,pero su meta no es llegar a la cima sino ayudar a otros a alcanzarla. La satisfacción de un sherpa no está en el número de veces que ha logrado personalmente llegar arriba, sino en el número de veces que ha ayudado a otros a alcanzar la cima. Los aventureros escalan el monte Everest por la satisfacción del logro, pero los sherpas lo hacen porque es su trabajo, su vida y la consagran a ello. Muchos son los que han muerto entre los brazos de la majestuosa montaña del Nepal a lo largo de los años.   Por todo ello, los sherpas son, probablemente, una de las mejores imágenes o símbolos de lo que es la felicidad indirecta. Una felicidad que se experimenta a través de la contribución a los logros de otras personas, porque ello llena de sentido nuestra vida, porque al hacer aquello que amamos, en lo que creemos y que forma parte de nuestro proyecto personal, nuestro propósito y nuestra misión, estamos ayudando a otros a cumplir el suyo.

Supongo que quienes tienen hijos se sentirán como un sherpa, cuando llegan a la Universidad, finalizan sus estudios, consiguen su primer trabajo, van progresando en su carrera, se casan tienen hijos…, a pesar de que no son ellos los que logran cada uno de esos hitos. Tengo la sensación de que en un tiempo, no tan lejano, muchas personas se sentían sherpas  porque sentían que su trabajo tenía un sentido, porque podían vivir cada día su contribución a otros a través del mismo: las personas se sentía felices y satisfechas cuando ayudaban a sus clientes, cuando los atendían, les escuchaban, les aconsejaban, les resolvían, les ayudaban a decidirse, cuando salvaban vidas, evitaban peligros, curaban heridas… En  un tiempo no tan atrás, el trabajo tenía un sentido de transcendencia, de aportación para otros y esa aportación nos unía, nos hacía sentirnos parte de algo más grande. Sin embargo, con el paso del tiempo algo se rompió en el camino, se deshizo el vínculo entre trabajo y realización personal, entre trabajo y sentido de propósito, entre trabajo y contribución, y el trabajo paso a ser un mero medio de satisfacción de necesidades materiales y económicas, una transacción mercantil, el medio para ganar dinero, poder, fama, popularidad y otros sucedáneos de la felicidad y la identidad personal. En ese momento dejamos de sentir en el trabajo, dejamos de ser sherpas y, probablemente, también dejamos de ser felices.

A pesar de lo difícil que a veces nos lo pone está sociedad, en la que estamos viviendo, me siento una de esas afortunadas que todavía puede ser un sherpa en su trabajoporque cada año ayudo a muchas personas a escalar su propio Everest y cuando llegan a la cima, su felicidad es la mía, lo que siento es mucho más grande que la satisfacción de haber conquistado mis propias metas. No se cómo se sienten los sherpas cuando dejan a sus clientes de vuelta a la civilización tras haber conquistado la cima. Lo que siento cuando termina un proceso y veo que un cliente ha logrado lo que se propone, ha experimentado esa satisfacción de haber superado un reto personal importante, veo como se siente de orgulloso, de pleno, de feliz y que ya se siente su propio sherpa, su propio mentor, es difícil de explicar con palabras. Solo alcanzo a decir que me siento parte el cambio y eso me hace sentir parte de la vida de otras personas. 

En estos últimos años, en los que a mi actividad de formadora, consultora, coach y mentora, añado la de supervisar el proceso de aprendizaje de mentores profesionales, siento que estoy elevando al cubo la felicidad. Mi labor, además de formarles y ejercer de mentora, consiste en guiarles y ayudarles a que sean buenos mentores para sus clientes, para sus mentees, para lo cual superviso sus procesos de mentoring y, en cierta forma, siento que estoy ayudando a guiar de manera indirecta a sus mentees para que logren sus metas.  Así que muchas veces, tras una sesión de supervisión y mentoring con ellos, experimento la felicidad, de la felicidad, de la felicidad. Felicidad por la satisfacción de ayudar a otros a ser mentores y sentir su felicidad ante los progresos y cuando obtienen su certificación; felicidad por la felicidad que ellos sienten cuando sus mentees logran sus objetivos, gracias a su acompañamiento y trabajo; y felicidad por la felicidad de los mentees ante la satisfacción de haber completado el proceso de mentoring y haber alcanzado sus metas.

La felicidad sigue siendo la satisfacción armónica de las necesidades de autonomía, competencia y vínculo, unidas a la experimentación de placer o disfrute, lo que ocurre es que cuando las satisfacemos a través de lo que hacemos y, con ello, ayudamos a otros a satisfacerlas también, estamos amplificando la intensidad, profundidad, extensión y duración de nuestra felicidad. Además de placer y satisfacción, llegamos a la experiencia de gratificación y significatividad. Cuando hablo de felicidad indirecta estoy hablando de sentir mucho más que placer y satisfacción por el logro de nuestras metas, quiero expresar con ello la experimentación de un placer, una satisfacción y una gratificación por haber contribuido en alguna forma al logro de las metas de otros. Algo que te hace sentir una vida significativa.

Todos podemos aprender a experimentar la felicidad indirecta, ánclate a tu propósito, hazlo realidad en tu día a día, siéntelo y siente la felicidad de las personas a las que aportas con aquello que haces y amas hacer.

¿Y tú, te sientes un sherpa? Cuéntame tu historia dejándome un comentario en el artículo, juntos podemos contribuir a que haya más sherpas. 

 

Autora: Mª Luisa de Miguel

Directora Ejecutiva Escuela de Mentoring

Autora libro “Mentoring, un modelo de aprendizaje para la excelencia personal y organizacional” Ediciones Pirámide 2019

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